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20130207

Tigana (Guy Gavriel Kay): Fragmento.

…..

Finalmente el joven abrió una puerta que resultó ser la definitiva. Catriana estaba sola en una estancia amplísima, junto a una chimenea grandiosa. La campana estaba adornada con tres caballos de bronce y en las paredes, despojadas de cualquier ornato, no había sino tres grandes retratos. El techo estaba recubierto de oro y en la pared que daba a la calle habían sido dispuestas dos mesas alargadas cargadas de manjares. A diferencia de los demás salones, aquella estancia había sido limpiada recientemente, aunque las cortinas no habían sido descorridas e impedían que penetrase la luz del día.

Devin cerró la puerta tras de sí, dejando caer de golpe el picaporte, que resonó en el silencio de la estancia denunciando su presencia.

Catriana dio media vuelta y sofocó con la mano un grito de sorpresa. A pesar de la penumbra, Devin distinguió que en sus ojos brillaba la cólera y no el temor.

—¿Qué estás haciendo aquí? —susurró sin apenas poder contener la ira.

El muchacho dio un paso vacilante hacia ella. Intentó hallar un comentario jocoso, una nota suave capaz de conjurar el hechizo que parecía pesar sobre su persona y sobre toda aquella jornada, pero no pudo.

—No sé —replicó al fin encogiéndose de hombros—. Te vi salir y te seguí. No …, no es lo que te imaginas —concluyó torpemente.

—¿Y qué te supones tú que me imagino? —le espetó Catriana, y de inmediato, en lo que parecía un esfuerzo supremo por calmarse, añadió—: Yo sólo quería estar sola durante unos instantes … —Su voz sonaba falsa—.

La actuación me ha impresionado mucho y necesitaba estar a solas. Ya me di cuenta de que tú también estabas bastante afectado, y ahora, ¿harás el favor de no molestarme?

Sus palabras fueron pronunciadas en tono sumamente cortés. Debería haberse marchado de inmediato, y en efecto, en cualquier otra ocasión así lo habría hecho, pero aquel día, de forma apenas consciente, Devin había cruzado una puerta más de Moriana.

—No es ésta precisamente una habitación para estar a solas, Catriana —replicó señalando las mesas cargadas de comida. Su comentario sólo pretendía ser la constatación de un hecho, y no una amenaza ni un desafío—. ¿Te importaría decirme qué haces aquí?

Cuando se preparaba ya a recibir una nueva andanada, la pelirroja volvió a sorprenderlo. Tras unos minutos de silencio, dijo:

—No tengo la suficiente confianza contigo para responder esa pregunta. Lo mejor sería que te marcharas, de veras. Lo mejor para ambos

De repente se oyeron unas voces provenientes de la habitación situada a la derecha de la chimenea, justo detrás de los caballos de bronce.   Aquella extraña sala, con sus mesas ricamente engalanadas y cubiertas de manjares, y los sombríos cuadros que adornaban las paredes, parecía despertar en él algo dormido.   A su memoria vino la imagen de Catriana cantando en el patio del palacio, elevando su voz hasta el punto al que parecía llamarla la flauta de Tregea.   Recordó sus ojos al detenerse por un instante en el arco que habían cruzado ambos.   Tenía la sensación de no estar completamente despierto, de no hallarse en el mundo que siempre había conocido.   De repente, haciendo un gran esfuerzo, dijo:

—¿Y no sería ya hora de que empezásemos a confiar? ¿De qué compartiéramos alguna cosa?

Una vez más Catriana vaciló.   Pese a tener los ojos bien abiertos, resultaba imposible leer en ellos debido a aquella luz incierta.   Finalmente se encogió de hombros y permaneció inmóvil, erguida y silenciosa, al otro extremo de la habitación. 

—Me parece que no —respondió sin alterarse—.   Al menos teniendo en cuenta el rumbo que he tomado, no hay nada que podamos compartir, Devin d'Ásoli.   Te agradezco, no obstante, la sugerencia y no puedo negarte que una parte de mí desearía que las cosas fueran de otra manera.   Pero ahora no tengo tiempo que perder.   He de hacer algo muy importante.   Por favor, vete. 

Devin no habría creído nunca que pudieran dolerle tanto aquellas palabras, después de todo lo sucedido por la mañana. 

Como no se le ocurría nada más que decir, asintió con la cabeza y dio media vuelta dispuesto a dejarla sola.   Pero aquella mañana habían cruzado ambos una puerta definitiva en el palacio de los Sandreni y no cabía dar marcha atrás.   Justo en el momento en que se disponía a abandonar la estancia, se oyeron de nuevo voces, pero esta vez a sus espaldas. 

—¡Oh, Tríada santísima! — musitó Catriana cambiando súbitamente de tono—.   ¡Todo lo que hago tiene que salirme mal! —.  La joven echó a correr hacia la chimenea y se puso a buscar frenéticamente algo debajo de la campana. —¡Por el amor de las diosas, no hagas ruido! —susurró.  El tono de sus palabras dejó helado a Devin, que sólo fue capaz de obedecerla. — Me dijo que conocía al constructor del palacio … —la oyó murmurar—. Debería estar aquí encima…

Catriana se detuvo.   Devin escuchó entonces el rechinar de unos goznes.   Lentamente se abrió ante ellos una parte del muro situado a la derecha de la chimenea, revelando en su interior un cuchitril minúsculo.   El joven no podía dar crédito a sus ojos. 

—¡No te quedes ahí como un pasmarote, idiota! — exclamó la pelirroja casi sin levantar la voz—.   ¡Deprisa!

A sus espaldas se oía ahora una tercera voz.   Devin se precipitó con Catriana en aquella puerta secreta y la cerró tras de sí.   Inmediatamente oyeron abrirse la puerta situada al otro extremo de la sala. 

—¡Moriana santa! — exclamó la cantante—.   ¡Oh, Devin! ¿Por qué tendrás que estar aquí?

El joven se sentía incapaz de hallar una respuesta adecuada a semejante pregunta.   Por una parte, no sabía qué lo había impulsado a seguirla hasta allí, y por otra, el escondite en el que se habían refugiado era demasiado pequeño y cada vez era más consciente de que el perfume de Catriana iba inundando aquel lugar minúsculo con un aroma embriagador. 

Si un momento antes había creído hallarse medio en sueños, ahora se sentía despierto por completo y peligrosamente cerca de una mujer a la que llevaba deseando dos semanas enteras. 

Y, aunque con retraso, también Catriana parecía haber llegado a la misma conclusión.   De repente, Devin la oyó emitir un extraño sonido, en un tono completamente distinto del de hacía unos instantes.   Pese a la oscuridad reinante en su refugio, el joven cerró los ojos, a sabiendas de que casi no le hacía falta más que mover levemente la mano para estrechar su cintura. 

Procuró no moverse y permanecer lo más lejos posible de ella, conteniendo la respiración.   Se sentía enormemente ridículo por haber creado aquella situación absurda, y no estaba dispuesto a aumentar la larga lista de sus errores alargando la mano hacia ella. 

Se oyó el suave roce del vestido de Catriana que intentaba cambiar de postura.   Su muslo rozó el del chico.   Devin tragó saliva, pero con ello sólo consiguió aspirar aún más profundamente el aroma que exhalaba el cuerpo de la muchacha, y aquello no le hacía ningún bien, sobre todo teniendo en cuenta lo casto de sus propósitos. 

—Perdón —musitó, aunque había sido ella quien se había arrimado. 

Sintió que el sudor empezaba a empaparle la frente.   Deseoso de distraerse, fijó su atención en los ruidos procedentes del exterior.   A sus espaldas, un rumor constante y difuso de pasos le recordó que aún no había terminado el desfile de visitantes a la capilla ardiente. 

A la izquierda, en la sala que acababan de abandonar, se oyeron tres voces que hablaban.   Lo más curioso era que una de ellas le resultaba conocida. 

—He colocado a unos criados al otro extremo del pasillo… Disponemos, pues, de unos instantes antes de que lleguen los demás. 

— ¿Te fijaste en las monedas que le han puesto en los ojos? — preguntó una segunda voz mucho más joven desde el extremo ocupado por las mesas en las que había sido dispuesto el refrigerio—.   ¡Qué gracioso!

—Por supuesto que me fijé — replicó agriamente la primera voz.   ¿Dónde había oído Devin aquel tonillo? Estaba seguro de que había sido últimamente—.   ¿Quién te crees que se ha pasado la noche buscando por todas partes dos astinos de hace veinte años? ¿Quién te piensas que ha organizado todo esto?

Se escuchó una tercera voz que reía con suavidad. 

—¡Qué mesa más ricamente dispuesta! —fue el único comentario que salió de sus labios. 

—¡No era a eso a lo que me refería!

—Lo sé.   Pero no me digas que no está ricamente dispuesta —repitió alegremente. 

— Taeri, no es momento para chistes, y mucho menos cuando son malos.   Sólo tenemos un instante antes de que llegue la familia.   Escuchadme con atención.   Sólo nosotros tres sabemos lo que está sucediendo. 

—¿Sólo nosotros? — preguntó la voz más joven—.   ¿Nadie más? ¿Ni siquiera mi padre?

—No, Gianno, no, y bien sabes por qué.   He dicho que sólo nosotros lo sabemos.   ¡No hagas preguntas y escucha, pequeño!

Justo en ese momento Devin d'Ásoli sintió que se le aceleraba el pulso de un modo inconfundible.   Debido en parte a lo que estaba oyendo, pero sobre todo porque Catriana había cambiado otra vez de postura y, para sorpresa suya, el joven notó que se apoyaba directamente sobre su cuerpo y que uno de sus brazos le enlazaba el cuello. 

—¿Sabes? — murmuró ella casi sin alzar la voz, pegando los labios a su oreja—.   Se me está ocurriendo una idea.   ¿Serías capaz de no hacer ningún ruido? — La punta de su lengua rozó por un instante el lóbulo de Devin. 

El muchacho se quedó sin aliento, al tiempo que su sexo comenzaba a hincharse.   La opresión que su ceñido calzón plateado ejercía sobre su erección le producía un dolor insoportable. 

Fuera seguía escuchándose aquella voz conocida que explicaba en voz baja algo acerca de los porteadores del féretro y de un pabellón de caza.   Pero tanto la voz como las explicaciones quedaron definitivamente relegadas a un segundo término, como si de algo superfluo se tratara. 

Lo que sí despertaba su interés, y de forma vivísima, hasta revestir la mayor importancia en aquellos momentos, eran los labios de Catriana, ocupados en acariciar su cuello y sus orejas.   Mientras sus manos iban descendiendo, como movidas por un resorte, hasta posarse en los abultados pechos de la joven, con los que tanto había soñado, Devin sintió que los dedos de ésta manipulaban con habilidad las trencillas que sujetaban sus calzones librándolo de la opresión. 

—¡Por la sagrada Tríada! —se oyó exclamar al notar el frío contacto de sus manos en la ingle—.   ¿Por qué no me avisaste antes que te gusta tanto el peligro?

El joven torció el cuello frenéticamente hasta que sus labios encontraron por vez primera los de Catriana.   Al mismo tiempo se apresuraba a recoger los pliegues de su falda en torno a las caderas. 

—Seremos seis — oyó decir en la otra habitación—.   Cuando salga la segunda luna, quiero que estéis…

De repente sintió los dedos de Catriana aferrar con fuerza sus cabellos, en el instante mismo en que él conseguía introducir sus manos entre sus prendas íntimas y palpaba con la yema de sus dedos la puerta que tanto deseaba atravesar.   La joven se estremeció, pero al instante su cuerpo se relajó entre sus brazos, mientras su garganta emitía una especie de gorjeo nunca oído hasta entonces.   Devin aprovechó para acariciar con sus dedos los pliegues más profundos de su carne.   Catriana lanzó un suspiro y finalmente, apartándolo con suavidad de sí, guió su sexo dentro de ella.   Sus dientes se clavaron en el hombro de Devin, quien, sorprendido por aquel movimiento, placentero y doloroso a un tiempo, permaneció inmóvil durante unos instantes sujetándola fuertemente entre sus brazos, mientras sus labios, sin saber qué decir, atinaban apenas a emitir un gruñido. 

—¡Basta! ¡Ya están aquí los otros! —exclamó de repente la tercera voz al otro lado del tabique. 

—No importa —añadió la primera— y recordadlo bien.   Vosotros dos debéis salir de la ciudad por separado.   ¡Juntos no! Nos veremos esta noche.   En cualquier caso, aseguraos de que no os sigue nadie.   De lo contrario, moriremos.  

Se produjo un silencio.   Inmediatamente se abrió la puerta situada al otro extremo de la estancia y, en el instante en que Devin comenzaba a agitar su cuerpo contra el de Catriana, reconoció la voz que había estado escuchando durante todo aquel rato.

En efecto, la persona en cuestión seguía hablando en la otra habitación, pero ahora su voz adoptaba el tono delicado y melifluo de la noche anterior. 

—¡Por fin! —susurró Tomasso d'Astíbar bar Sandre—.   Empezábamos a temer que os hubierais perdido entre tantos pasillos polvorientos y que no fuerais capaces de dar con el camino. 

—¡Ni lo sueñes, hermano! —replicó una voz grave—.   Aunque nada habría tenido de extraño al cabo de dieciocho años de no pisar el palacio.   Necesito un buen trago de vino.   ¡Después de pasarme toda la mañana oyendo cantatas, se me ha despertado una sed espantosa!

Devin y Catriana no pudieron evitar soltar una muda carcajada en su escondrijo, mientras sus cuerpos se fundían en un apasionado abrazo.   El joven sintió de pronto que se apoderaba de él una nueva urgencia, compartida, al parecer, por Catriana, y, mientras aceleraba el ritmo de sus embates, pensó que no había nada en el mundo que le importara tanto como aquel movimiento de su cuerpo. 

Notó que las uñas de la muchacha le recorrían la espalda de arriba abajo.   Al sentir la proximidad del orgasmo, la presión de sus manos se aflojó, mientras Catriana, levantando las piernas, le rodeaba con ellas la cintura.   La muchacha volvió a clavar los dientes en su hombro y en ese mismo instante Devin sintió que, silenciosamente, todo su ser estallaba dentro de ella. 

Durante un espacio incalculable de tiempo permanecieron enlazados, con la ropa arrugada y empapada de sudor.   Devin tenía la sensación de que las voces procedentes de la habitación contigua venían de un lugar lejanísimo, casi desde otra esfera.   Lo cierto era que por nada del mundo hubiera deseado moverse de allí. 

Al final, sin embargo, Catriana bajó lentamente las piernas y lo apartó de sí, mientras el joven le acariciaba las mejillas en la oscuridad. 

Detrás de ellos, los nobles y mercaderes de Astíbar seguían desfilando ante el cadáver del duque, de aquel hombre singular, blanco de tantos odios y amado por tan pocos.   A su izquierda, en cambio, la joven generación de los Sandreni comía y bebía, celebrando el final de su destierro.   Devin, que seguía confortablemente refugiado en el seno de Catriana, era entretanto incapaz de hallar palabras que pudieran expresar sus sentimientos. 

De repente, la muchacha aferró con sus dientes uno de los dedos de Devin y lo mordió con fuerza.   Éste hizo una mueca de dolor, pero Catriana no dio ninguna explicación a su gesto.   

En cuanto los Sandreni abandonaron la sala, Catriana abrió la puerta de su escondite y penetró en la estancia.   Una vez arregladas sus ropas, abandonaron sin tardanza el escenario de aquella singular entrevista, aunque todavía aprovecharon para regalarse con alón de ave del refrigerio dispuesto sobre las grandes mesas.

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