Despierto inundada de oscuridad.
Tan relajada como para no querer abrir los ojos todavía. Siento algo, me regodeo en esa sensación. Hay alguien cerca de mí, puedo oír su respiración,
intuir su presencia. Me desperezo y
estiro con un suave quejido. Me relajo. Intento recordar…
Siempre había parecido un
poco inaccesible, pero en cuanto le di un poco de coba esa noche empezó a
soltarse. Tampoco se muy bien porque le
invite a subir a tomar la ultima a casa, no sabia si aceptaría o si yo quería realmente
que lo hiciera.
Sentados en el salón, cada
uno con su copa, riendo y charlando de todo y nada, nos acercábamos el uno al
otro poco a poco, como si temiéramos que un mal movimiento de uno hiciera
escapar al otro.
Me arriesgué con un beso tímido,
expectante, sin saber que iba a pasar.
Se le ilumino la cara con una sonrisa y me devolvió el beso.
Como una presa cuando desborda, nos abandonamos al mero placer de besarnos y
acariciarnos con deleite, despacio, suave. Me estremecen sus
labios posándose en mi cuello, en la mandíbula, en la
barbilla, apretándose con los míos, su mano jugueteando con mi pelo,
su respiración acelerándose por momentos.
Nos levantamos, me abraza por
detrás y sigue besándome la nuca y la espalda mientras sus manos recorren mis
pechos y mi abdomen. Caminamos hasta mi habitación, y comenzamos a
desnudarnos el uno al otro, sin prisa pero con la celeridad fruto de la promesa
de un placer mayor.
Sigue acariciándome, besándome
cada centímetro de mi piel. Con cada
beso mi espalda se arquea, cada caricia arranca de mi un suspiro anhelante. Sus labios se detienen en mis
pezones, rozándolos como una pluma, se endurecen con un leve contacto de su
lengua.
Baja recorriendo con sus labios mi abdomen hacia el
ombligo mientras sus manos suben desde las piernas para coger firmemente mis
pechos. Siento como un fuego sube de mi
cadera hacia el pecho, me abrasa por dentro, un calor dulce y expectante. Baja sus manos a mis caderas y toca suavemente
mi sexo con su lengua.
El fuego aumenta, despacio, como
el sol de un amanecer de primavera que va calentando poco a poco según sube al cielo. Sigue besándome y acariciándome, pero yo voy
perdiendo la noción de como y donde. Me
estremezco de placer, comenzando a gemir, primero solo un breve murmullo, luego un grito al extasis, y durante un minuto el mundo
desaparece alrededor. Solo queda mi
cuerpo y el estallido de sensaciones abrumadoras que me dejan exhausta, dejando
un cálido rescoldo del fuego abrasador.
Poco a poco recupero el
aliento, bajando de la nube a la que me había guiado. Veo que se acerca, me sonríe y me besa. Yo le sonrió y me refugio en el hueco de su
hombro. Con la yema de sus dedos empieza
a recorrer la espalda, e involuntariamente un escalofrió recorre todo mi
cuerpo, avivando ese deseo de volver a tocar el cielo.
Vuelvo a rozar con mis labios los suyos, vuelve a encenderse el fuego. Nos acercamos mutuamente,
entrelazamos nuestras piernas y…
Noto que me esta mirando. Abro los ojos
y le veo, observándome. En cuanto abro
los ojos me sonríe. Tras un instante de
mutua contemplación pregunta:
- ¿Qué tal?
- Relajada
Le sonrío. Se acerca y posa sus
labios sobre los míos. Una vez. Otra. Calientes
y delicados, dulces y suaves, siento un escalofrío en toda la espalda cuando se
mueven hacia el cuello. Posa una mano delicadamente
en mi hombro y la desliza hacia la cintura, como el aleteo de una mariposa. Despacio, me atrae con esa mano hacia él. Noto como me invade una urgencia conocida, un
deseo irrefrenable. Me dejo llevar,
anhelo que me lleven a esa promesa de dulce pasión.
Vuelve a sonreírme, y nos fundimos en un solo ser ávido de placer.
Otra
vez…
No hay comentarios:
Publicar un comentario